
El enemigo en casa
Impresionante el audio que acompaña a esta entrada en Periodismo Humano: una mujer, con voz dulce, cuenta que fue violada en torno a los 12 años y como ha marcado su vida.
En todos los conflictos que existen en el mundo hay mucha violencia pero hay una de la que se habla poco: la violencia sexual que sufren las mujeres, en la que éstas se convierten en auténticos objetivos para los contrarios (e incluso para los propios).
El pasado jueves, 14 de octubre, la representante especial de la ONU para la violencia sexual en conflictos armados, Margot Wallstrom, instó al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a que aplique sanciones contra un comandante rebelde ruandés por las violaciones masivas perpetradas el pasado mes de agosto en el este de República Democrática del Congo.
Wallstrom, habló del poco valor que tiene la mujer en estos países, además, de lo desprotegidas que están, ya que es difícil que puedan demostrar los abusos que sufren.
“Una rata muerta vale más que el cuerpo de una mujer, me decía una joven traumatizada en Walikale. Es la expresión de cómo las violaciones de los derechos humanos sufridas por las mujeres siguen representando el escalón más bajo en la estúpida jerarquía de horrores de la guerra”, dijo Wallström ante el Consejo de Seguridad.
En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El Generalísimo Franco”.
Frases de este tipo las hemos leído en numerosas ocasiones, quizás en casi todos los conflictos bélicos. Detrás quedan numerosos muertos, heridos, todo tipo de agresiones a los derechos humanos, miseria, pero también quedan muchas mujeres rotas por las humillaciones sexuales llevadas a cabo por todas las partes en el conflicto.
El uso deliberado e impune de la violencia sexual como arma de guerra, se ha convertido en un crimen habitual en nuestra era, un arma más de lucha, de sometimiento al contrario. Gracias a estas prácticas se ha conseguido intimidar, crear terror político, sacar información y humillar a muchísimas mujeres y niñas. En otras ocasiones se ha utilizado como recompensa a los soldados.
(…)
Ahora nos queda seguir trabajando para que éstas pierdan el miedo a denunciar, a explicar qué y cómo les pasó y a identificar a sus agresores. Pero para que esto ocurra la comunidad internacional, sus gobiernos, los movimientos sociales y los órganos jurisdiccionales les deben dar protección, ayuda, asesoramiento e incluso cobijo. Y los países participantes en el Estatuto de Roma (1998) deben enjuiciar a todos aquellos criminales que sus países no están dispuestos a hacerlo. Eso es posible.
Mientras no las apoyemos incondicionalmente, ellas seguirán en silencio y destruidas. Los historiadores hablarán de muertos, heridos y daños económicos, y ellas seguirán siendo invisibles, como hasta ahora.
Lee el artículo completo de Mercè Rivas Torres, aquí.

